.artínez.^ y-j ¡Martínez , l^'ranciscp.
Sen Francisco, ..i-ovantes y
Valencia .
San Francisco, Cervantes y Valencia
DISCURSO
LEÍDO EN EL ACTO LITERARIO-MUSICAL
DEDICADO POR LA
V. 0. T. FRANCISCANA
A SU HERMANO
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
EL DÍA 24 DE NOVIEMBRE DE 1916
POR
Francisco Martínez y Martínez
Correspondiente db la R, A. db Buenas Letras de Barcelona
VALENCIA MCMXIX
SAN FRANCISCO, CERVANTES Y VALENCIA
Publicado por vez primera en el libro relación de las «Fiestas Cer-
vantinas Terciario-Franciscanas que celebra la V. O. T. de Valencia,
en conmemoración del Tercer Centenario de la muerte del que fué
uno de sus más insignes y gloriosos Hermanos, Miguel de Cervantes
Saavedra. Valencia, Noviembre 1916. Valencia, Escuela Tip. Sale-
siana, 1918.»
RETRATO DE CERVANTES (?)
DE L* COLECCIÓN CERVANTINA DE FRANCISCO MaRTINEZ Y MaRTINEZ
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University of Toronto
http://www.archive.org/details/sanfranciscocervOOmart
CtiTsanil-e^ Saavedra^ /Y\iaoe.l a
San Francisco, Cervantes y Valencia
DISCURSO
LEÍDO EN EL ACTO LITERARIO-MUSICAL
DEDICADO POR LA
V. 0. T. FRANCISCANA
A SU HERMANO
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
EL DÍA 24 DE NOVIEMBRE DE 1916
POR
Francisco Martínez y Martínez
Correspondiente de lk R. A. de Buenas Letras de Barcelona
VALENCIA MCMXIX
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^3
Tirada especial de 107 ejemplares numerados ^ nominados
EJEMPLAR NUMERO 27
DEDICADO AL
Sr. D. Eduardo de Oliver Copons
A D, José Rodrigo y Pertegás, verdadero culpable del
mal rato que pasé en la velada que la Venerable Orden
Tercera de San Francisco, de Valencia, dedicó al Príncipe
de los Ingenios castellanos Miguel de Cervantes Saave-
dra, entusiasta admirador de nuestra patria valenciana,
en castigo de haber puesto en cantar mi nombre ante los
Rvdos. PP. Franciscos y ayudado a éstos a comprome-
terme, le dedica esta impresión suelta del discurso su
amigo y devoto
Fran.'=° Martínez y Martínez.
Señoras y Señores:
j/^i^^^íj ORTESÍ A y obediencia me obligaron a aceptar el
{ [^^^^ encargo, que haciéndome mayor honra de la
R^^^^^ que merezco, me colocan en estos momentos en
el trance de ser el objetivo de vuestra atención y por lo tan-
to también el punto donde convergen vuestras miradas, y
en verdad, que mis reverendos Padres Franciscos no fueran
obedecidos si ha pocos días, por un momento, no echase
en olvido la importancia del acto, al que dan más gran-
diosidad los doctos que lo integran y más ornato las da-
mas que con sus naturales gracias lo hermosean. A éstas
principalmente me encomiendo, para que si tengo la des-
gracia de desplacerlas, no velen su hermosa faz con mohín
de disgusto, que ello sería para mí desgracia inmensa, de
la que no me compensaría ni el objeto de la función de-
dicada a enaltecer la memoria de Miguel de Cervantes
Saavedra en el aniversario de su insignificante muerte, y
así la llamo por más que la soledad que rodeó a aquel
cuerpo, según demuestra el silencio de los escritores de la
época, dan ocasión a otros adjetivos que, aun ocurriendo
aquélla en medio del boato y esplendor de extraordina-
rias exequias, siempre son aplicables por lo que los he
suprimido.
De entre los escritores, mis grandes entusiasmos son
para el Manco de Lepanto, de tal modo, que si Dios me
hubiese privilegiado con talento extraordinario lo hubie-
se aplicado al estudio de sus obras, una maravillosa,
otras buenisimas, todas notables, para haberme podido
apellidar con razón cervantista, titulo para mí el más glo-
rioso, Y ved aqui por qué no tuve presente el actual mo-
mento de verdadero apuro; sólo pensé en el objetivo de
la fiesta, quién la daba, y en dónde estamos; no vi más
que en Valencia la Venerable Orden Tercera iba a feste-
jar a Cervantes y acepté el encargo, con el propósito de
tratar de San Francisco, Cervantes y Valencia, mi Santo pre-
dilecto, de los primeros entre los que la Iglesia ha ele-
vado a los Altares; mi escritor favorito, al que el mundo
de las letras ha colocado como el más alto luminar en el
firmamento literario; de la ciudad capital de mi patria va-
lenciana, la primera en la historia por sus leyes democrá-
ticas. En suma, tres de mis grandes entusiasmos.
*
* »
En las postrimerías de la docena centuria, los habita-
dores de la ciudad libre, la del municipio soberano, la
que se agarra al alto monte que la sustenta para no pre-
cipitarse por la rápida ladera y que fuertes muros defien-
den de las asechanzas de los comarcanos, la industrial
Asís, notan fenómenos extraordinarios en la naturaleza,
registran hechos no comunes, y comentan la coinciden-
cia de aquéllos y éstos con el nacimiento del primer hijo
del acaudalado comerciante Pedro Morico, conocido por
Bernardone y de su esposa, madona Pica de Boullemont, na-
cida en la riente Provenza, región hermana nuestra por
su lengua llamada de OC.
Discurren los años y Francisco, que asi llamaban a
aquel niño por haberle cambiado el nombre, según unos
autores, su padre amador de las cosas de Francia, el pue-
blo según otros, al verle, ya mancebo, tan apuesto y tan
galán, dominando la lengua de su madre, la de los trova-
dores, la que al entonces resonaba en los palacios con los
cantos de gesta, en la que se cantaba el amor en las fies-
tas de la Gaya Ciencia, y que a no dudar emplearía con
sus camaradas en las diversiones y tal vez en las atrona-
doras rondas con que los mancebos de Asís obsequiaban
a sus paisanos a las órdenes siempre del hijo del rico Ber-
nardone, que por ser el más aventajado en todo, había
sido nombrado el Jefe de aquella bulliciosa juventud; y
es que el hombre que ha nacido para ser verdaderamente
grande no tiene acción pequeña, siquier ésta no sea de
alabar.
Una prisión primero, y posteriormente grave enfer-
medad, producen honda crisis en aquel galán, que con
sus bizarrías y explosiones de alegría había atraído hacia
él las miradas de toda la ciudad, y operan una transfor-
mación en sus entusiasmos, que ahora le llevan a abra-
zarse con la Caridad, después de haber abandonado las
alegres compañías, despojado ya de las preseas que real-
lO
zando su natural apostura habíanle hecho el principal
ornato de la antigua Assisio, cuyos habitadores, extra-
ñando primero la mudanza, llegan a escarnecer despia-
dada y cruelmente al que a la sazón no comprendían, no
pudiéndose percatar de que la esposa que aventajaba a las
damas de alcurnia real, que algún tiempo a sus camara-
das manifestó había de ser la suya, fuese la pobreza.
Admira que en tan breve tiempo, pues cuatro lustros
mal contados son nada para labor tan intensa, llevase a
cabo la gigantesca obra que todos mejor que yo conocéis;
es pasmoso ver al que se firníaba Francisco el Pequeño, a
poco de allegar sus doce discípulos y fundar su orden, al
reunir un capítulo en su ciudad natal, tener que acampar
los frailes en pleno campo por no haber edificio capaz
para contener el número de los adeptos que acudieron
ávidos de ver a su Padre, después que éste no había te-
mido el presentarse ante el Soldán y exhortarle a aban-
donar su religión para que siguiera la de Cristo que era
la verdadera.
En la trecena centuria, siglo de grandes hombres y
mayores sucesos, en el que tuvieron lugar hechos por-
tentosos, como fueron la creación de nuevos reinos, res-
catados de los mahometanos a bote de lanza, tajo de
espada y golpe de maza, por reyes que se llamaron en Cas-
lilla, Alfonso el de las Navas y Fernando el Santo, y Jaime
el Conquistador en Aragón, el Monarca Español (si nos
permiten llamarle así algunos fabricantes de la Historia
de España) más grande que los Anales registran; en el
que en la isla de Sicilia tuvo lugar la hecatombe llamada
vísperas sicilianas, justa venganza de un pueblo contra los
II
asesinos de sus reyes y los opresores de su Nación, cuyo
resultado fué elevar a aquel trono a Pedro I de Valen-
cia y III de Aragón, el cual, llevando su enseña victoriosa
al África, asentado en Sicilia, teniendo a raya al francés
en Ñapóles, aniquilando en Panizar al ejército de su des-
leal cuñado el rey de Francia, y poniendo sus naves a las
órdenes de Roger de Lauria, convirtió el Mediterráneo en
un lago para recreo de las distintas naciones que compo-
nían la grande y más gloriosa Monarquía Aragonesa, en
espejo en donde sólo las cuatro barras de sangre podían
reflejarse, sin ostentar las que, a la luz del sol no podían
las galeras y fustas surcarle; en el que las Naciones atóni-
tas vieron a un Roger de Flor pasear con gloria por el
Imperio de Oriente la enseña aragonesa, después de ha-
ber quemado las naves transportadoras de los catalanes,
aragoneses y valencianos que acaudillaba; en el que en
Italia los güelfos y gilbelinos no se daban reposo en sus
luchas; y en el que aún las dos grandes potestades, el
Papado y el Imperio seguían en porfiada lucha, a la que
eran arrastradas las ciudades autónomas, o mejor, sobe-
ranas, y los señores feudales ora siguiendo este bando,
bien al otro; en el que la figura de Dante se agigantaba
con su Divina Comedia, poema que tramontando los Al-
pes y surcando el que a la sazón sin hipérbole y con jus-
ticia podíamos llamar mare nostrum, sirvió de pauta por
largos años a muchas producciones de numerosos poetas
aún ya en pleno renacimiento, pues con ello daban gusto
a los muchos aficionados a las trovas a lo divino; en el
que en Francia los Albigenses habían conmovido la so-
ciedad convirtiendo la lucha religiosa en política y bus-
12
cando la imposición de su doctrina a estilo de los secua-
ces de Mahoma en los campos de batalla, en una de las
que perdió la vida Pedro 11 de Aragón; en el que se vio a
un santo rey francés llevar a sus cruzados a la conquista
del sepulcro de Cristo, y realizar, no sólo proezas con la
espada, si que también como humilde siervo de Dios; en
el que, finalmente, el noble castellano Domingo de Guz-
mán, iniciaba las predicaciones contra los herejes y llevaba
a cabo la institución de su orden, encargada en lo suce-
sivo de velar por la pureza de la doctrina.
Pues bien, de entre estos hombres, sobre aquellos
acaecimientos, descuella Francisco de Asis con su figura
escuálida por la mortificación, con su rostro consumido
por el fuego interno del amor a Dios y al desvalido,
haciéndole aparecer como la encarnación de la arquitec-
tura gótica que empezaba a enseñorearse del gusto de la
época y cuyas delicadas y esbeltas columnillas, eleván-
dose hacia el firmamento, parece que quieran señalar al
hombre su destino en la otra vida, el cielo, y la institu-
ción franciscana que ha extendido por todo el mundo sus
tres, aunque humildes frondosas ramas, cuya Tercera
Orden, como todos sabéis, ha hermanado a papas, reyes,
magnates y sabios con modestos menestrales, con pobres
ignorantes, unión que, a pesar de ser predicada por Jesús
apenas se habla practicado hasta que el imitador del
Hombre-Dios la hizo resurgir con su Tercera Orden, a la
que, como es sabido, perteneció el que hoy tratamos de
homenajear conmemorando el tercer centenario de su
muerte.
Los años fueron quedándose atrás, pasaron los siglos,
13
y llegó el famoso diez y seis de grandeza para España
cual ninguno, en lo político, como se traduce por la frase
que dice: el sol no se ponía en sus tierras; en lo literario,
llamándole siglo de oro. Las armas y las letras rivalizaron
en esplendor y no pocos fueron famosos por su destreza
y arrojo en aquéllas y por la inspiración en éstas, y asi
como los soberanos, lo fueron por su nacimiento, por
más que por los grandes hechos que llevaron a cabo lo
mereciesen, al contrario, los escritores sólo por su es-
fuerzo alcanzaron la corona de laurel unos, alT^ándose otro
con la monarquía cómica como el gran Lope de Vega (que
también fué terciario) y adjudicándole el principado de
los ingenios a Miguel de Cervantes Saavedra, hijo del trova-
dor de Asís, el que supo juntar la penitencia con la mú-
sica, la mortificación con la poesía, el que cantaba no
sólo a Dios si que también a sus cosas, como lo demues-
tra el Canto al Sol, compuesto por él y por él cantado a
diario acompañándose de una cítara.
Al siglo XIII se le debía de llamar el de San Francisco;
al XVI se le llamaría el de Cervantes si su obra capital
no se hubiese impreso cinco años entrados en el deca-
dente XVII; con ser aquel tan pródigo en hombres extra-
ordinarios, en hechos gloriosos, y en famosas produccio-
nes, que de extrañar es que a medida que se avanza en la
décima séptima centuria se muestre la decadencia, si
después del esfuerzo titánico del anterior debía quedar
la naturaleza extenuada; a las grandes conmociones sigue
el enervamiento, así que, mejor que criticar a este último,
compadezcámosle y entonemos laudos ya que supo cobi-
jar y aplaudir a los genios de la última generación del
14
anterior, entre los que había varios astros de primera
magnitud, cuyo brillo no se obscurecía ante el sol de
nuestro firmamento literario, el autor del incomparable
Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, que por
dos veces en Madrid, el año cinco, salió de la oficina de
Juan de la Cuesta para recorrer Castilla y otras dos hizo
gemir en esta ciudad de Valencia las prensas de Pedro
Patricio Mey para solazar a los ciudadanos de las naciones
que aún componían la Corona aragonesa. Si bien Cervan-
tes es hombre del siglo XVI, su producción literaria
corresponde a la décima séptima centuria, pues salvando
«La Calatea» y algunas comedias, amén de unas poesías,
en éste dio a la estampa sus obras, el manco sano y fa-
moso todo, que como su maestro el Santo Patriarca,
gozó de buen humor, padeció cárcel, grave enfermedad,
burlas y escarnio, vivió abrazado a la pobreza y murió
resignado casi de la misma enfermedad, llevando su cor-
dón en la cintura.
De entre la multitud de grandezas de su época, como
el otro en la suya, se destaca nuestro escritor, que al
correr de los tiempos se ha hecho admirar más, colocándole
con justicia la actual sociedad en el pináculo de la gloria,
de la que alguna parte le cabe a la Orden Tercera por ser
su hijo y como a tal, haberle dado sepultura, según la
costumbre, triste acto que no se debió de ver muy con-
currido, ya que no es la pobreza lo que más atrae a las
gantes y los dos grandes protectores, su Ilustrísima el de
Toledo y el de Lemos, se encontraban lejos, a más que
de entre los escritores unos porque si los preterió, otros
por envidia, no era lo bien quisto que fuese de desear
15
para honra de aquéllos, a más que, según algunos mo-
dernísimos escritores, referiéndose a Sevilla aseguran, no
se le hacia por las gentes de pro gran caso, debido a los
ruines cargos que ocupó. Tuvo, pues, mejor pupila que
los andaluces Hazan, que le tenía en mucho, pues aparte
de no haberle castigado, como era su costumbre, en las
distintas intentonas de evasión, pidió rescate mucho más
crecido que de ordinario, y no se diga que el Rey de Argel
estaba fascinado por el apellido hidalgo, pues el mismo
usaba su hermano Rodrigo y el precio de su rescate fué
mucho menor, circunstancia que valió a éste el ser liber-
tado bastante más pronto.
No pasaremos adelante sin hacer observar otra conco-
mitancia entre el santo de Asís y el escritor alcalaino:
aquél, contra el parecer de todos, se arriesga a presentarse
ante el sultán, lo que consigue no con poco trabajo; llega-
do a la presencia de Malek-Kamel, le exhorta a que aban-
done su ley para seguir la de Cristo, la que trata de expli-
car intentando convencerle de la falsedad de la suya, a lo
que el soberano de Egipto, en vez de hacerlo matar, según
costumbres y órdenes, le recomienda ruegue a Dios por él
para que le ilumine. A su vez, el tal de Saavedra proyecta
una fuga que su amor al prójimo hace que no sea él solo el
que disfrute del inefable beneficio de la libertad, y reúne en
una gruta existente en cierto jardín de las afueras de la ciu-
dad de Argel y en las proximidades del mar, a otros cauti-
vos, hasta quince, muchos de ellos gente principal; pero
descubierto el bajel, que desde las costas de Valencia había
venido a recogerlos, y hechos cautivos los tripulantes, que
desembarcaron, el renegado que prestaba su auxilio para el
i6
mejor éxito de la empresa, denuncia y descubre el escon-
drijo al rey, el que les hace prender, pero contra lo que
todos temían, aquel homicida de todo el género humano, se-
gún expresión del mismo Cervantes, ni le empaló ni le
hizo azotar, a despique de haberse hecho el único respon-
sable de la fracasada aventura; en otra tentativa de evasión
con tres caballeros, sus camaradas, por vía de Oran, des-
cubierto el moro mensajero portador de las cartas, fué
empalado y nuestro escritor sentenciado a dos mil azotes,
que no le fueron dados; finalmente, denunciado por el pér-
fido clérigo Dr. Blanco de Paz, la bien combinada expedi-
ción que, gracias a los comerciantes valencianos residentes
en la ciudad africana llamados Onofre Exarch y Baltasar
de Torres, que aprontaron cerca de mil quinientas doblas
para que el renegado Girón comprase un bajel de doce
bancos en el que debían escapar cincuenta cautivos con
Cervantes, que había sido inventor y director, nunca éste,
a pesar de los distintos recursos empleados por el ladino
rey, culpó a nadie, sosteniendo siempre con igual energía
que él solo había sido el autor, no recibiendo castigo espe-
cial alguno, ya que el encerrarle en la cárcel de los moros
y el cargarle de cadenas, no tuvo más objeto que el ase-
gurarse su dueño de nuevos conatos de fuga; es muy ex-
traordinario que al repetirse las intentonas, que fueron
cuatro, no sufriese ejemplar castigo, siendo así que tantos
otros, por mucho menos, padecieron torturas, azotes y
liasta la muerte.
Hemos visto aparecer enlazadas con las aventuras del
Rey de nuestros escritores a las playas de Valencia, de don-
de partió una fragata para uno de los planes de evasión,
17
por más que hay biógrafos que la hacen salir de las de Ma-
llorca, sin duda por ser de esta isla el rédenlo Viana, cono-
cedor de las costas berberiscas y muy perito en las cosas
del mar el que la patronaba, hay que aceptar lo primero,
que parece lo más seguro, ya que Rodrigo de Cervantes
trajo del cautiverio cartas y recomendaciones para perso-
nas no sólo influyentes, sino de posibles, que pudiesen
organizar la expedición, y que se debe creer fuesen de esta
tierra en donde desembarcó (i) el hermano del glorioso
manco, y, por lo tanto, valencianos serian los que andaron
en el armamento y equipo de la embarcación, como de
estas playas los marineros que la tripulaban, por lo menos
el mayor número. A pesar de que esto no sean más que su-
posiciones, tienen racional fundamento, y, por tanto,
mientras no se pruebe otra cosa, creeremos que los prin-
cipales cooperadores de aquél fueron de esta tierra, que le
era muy bien conocida, por no ser una sola las veces que
en ella estuvo, según pretendemos demostrar.
Supone Navarrete y con él la mayoría de los biógra-
fos de Cervantes, que éste partió para Italia acom.pañando
al Embajador Pontificio Monseñor Julio Aquaviva y Ara-
gón, que fué despedido por Felipe II con sequedad, según
se desprende de la cédula de paso dada en AranjueT^ a dos
de Diciembre de 1^68, en la que se marcaba el término de se-
senta días por Aragón y Valencia para su salida de España,
(i) En la relación de cautivos rescatados en Argel por la Orden de la Mer-
ced el año 1577, que suman ciento y seis cristianos, figura Rodrigo Cervantes, de
Alcalá de Henares, que con los demás cristianos, embarcó en el puerto de Argel
el día 24 del mes de agosto y desembarcaron en la playa de Jávea el 29 del in-
dicado mes del año prefijado. — Documentos Cervantinos, publicados por D. C. Pé-
rez Pastor.— T. II, pág. 41 a 46.
i8
lo que, teniendo presente el dicho de nuestro escritor en
la dedicatoria de La Calatea a Antonio Colona, de que
habla sido camarero, estando en Roma, del Cardenal Aqua-
viva, hacen el indicado cálculo, que de ser aceptado, hay
que creer, como dicen los escritores que estuvo en Valen-
cia Cervantes, pues su señor el representante y a la vez
camarero y refrendario de Pío V no osarla salir de lo dis-
puesto por el Rey, que no gustaba quedasen incumplidas
sus órdenes, y más cuidado tendría de no alterar el itine-
rario cuando según se asegura agradó poco a éste la em-
bajada del que regresado a la ciudad del Tiber fué creado
cardenal a pesar de la ineficacia de aquella misión; ahora
bien, hay que hacer constar en favor de este mo^o muy
virtuoso y de muchas letras, según carta del Embajador en
Roma D. Juan de Zúñiga al Rey, que no fueron más afor-
tunados los dos representantes que le siguieron para tra-
tar de las cuestiones surgidas en Milán entre el goberna-
dor y el Cardenal Arzobispo, sostenido éste por la Corte
de Roma, pues Felipe II, a la par que ferviente católico,
era muy amante de las Regalías de la Corona. Quieren
los biógrafos que antes indicábamos, que este viaje en que
Cervantes acompañaba al legado del Pontífice, fuese el
que años después hizo recorrer a Persiles y Segismunda
con todo el acompañamiento de peregrinos, cosa que no
puede ser, pues éstos caminan por la Mancha y aquél tuvo
que hacerlo por Aragón.
En unos artículos titulados Aclaraciones a la vida de
Cervantes publicados en la Revista de Valencia por el Cro-
nista de e^a Ciudad D. José M.* Torres, sostiene que el
referido viaje fué descrito por haberle hecho con el capi-
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tan Diego de Urbina que desde Madrid fué a Valencia, en
donde en mayo de 1571 formó su compañía en la que,
como es muy sabido, se alistaron Miguel y Rodrigo de
Cervantes, y no entraremos en disquisiciones por si tiene
razón Navarrete y los que le siguen o el cronista de Va-
lencia, el que, discurriendo bien y aduciendo muy pode-
rosas razones en favor de su opinión, especialmente una
información de testigos hecha por Juan Bautista Villanueva,
ante el Gobernador de Valencia en 1^8^ acerca de sus servicios
en la batalla de Lepanto y en otras jornadas existente en el
Archivo general del Reino de Valencia, parece que incline
el ánimo a aceptar, como dicho cronista pretende, dos
viajes a esta ciudad, con ocasión de acompañar al hijo del
duque de Atri, y habiendo regresado de Roma, alistado
en la compañía de Urbina, que como se ha dicho, aquel
Capitán la iba a formar en Valencia. A nuestros propósi-
tos, lo que más interesa es lo que dice el poco conocido
documento, en el que se da fe de que el 5 de noviembre
del año 1583 ante la presencia del muy Ilustrísimo Portante
Voces general Gobernador en la ciudad y reino de Valencia eo
en su Corte y Audiencia pareció presente el magnífico Joan
Bautista Vilanova y presentó la escritura de artículos que se
siguen: Quince son éstos, pero no reproduciremos más que
los que en estos momentos nos interesan, especialmente
el i.°, en el que se consigna: «E primeramente dice y pone
y probare jutendit non se astringens etc., que este dicho
proponente en el año de Mdlxxj, siendo de edad de xxiiij
a XXV anyos se aszentó por soldado en la ciudad de Valen-
cia en la companya del capitán diego durbina, y fué con
dicha companya la cual y este proponente se embarcaron
20
en la Villa de binaroz del dicho reyno de Valencia do-
mingo de la Trinidad del dicho anyo en la Galera Capi-
tana del Comendador mayor de Castilla, la cual con la
real despanya y otras diez con Gil de andrada hauian ve-
nido a dicho pueblo para el dicho efecto de embarcar
dicha companya con otras dos de las que eran capitanes
Rodrigo mora y... durbina, vizcaino y asi es verdad.» Tam-
bién son interesantes el cuarto en el que se consigna
«...que en el Golfo de Lepanto se hallaron las dichas ar-
madas es a saber la de S. M. El Rey nuestro señor y la
de los venecianos con la armada del gran turco a donde
envistieron vnas con otras donde hubo grande batería y
grande matanza de muchos hombres y finalmente fué ven-
cida la dicha armada quedando vencedor su magestad con
las dichas armadas de la liga y ansí es verdad.» El quinto
que dice «...que este dicho proponente se halló presente
con la dicha armada y en el dicho rompimiento yendo
por soldado en la dicha companya y en la galera llamada
Marquesa de Joan andrés Doria y en la esquadra, de
Augustin barbárico veneciano general de dicha esquadra,
donde peleó siempre como buen soldado con un arcabuf
estando junto a la proa de dicha galera, haciendo su oficio
como a buen soldado y peleando como era razón, mien-
tras duró toda la pelea, hasta que fueron vencidos los tur-
cos y ansi es verdad», y sexta, «...que en dicha galera
Marquesa donde peleó este dicho proponente mataron los
turcos más de cuarenta hombres y hubo en ella muy
grande batería y murió el dicho Augustin barbárico gene-
ral de dicha escuadra y otros muchísimos soldados y este
proponente fué herido en la espalda de una flecha...»; la
21
undécima, «...que el dicho Diego de Urbina era capitán
de la dicha companya de la cual era soldado el dicho pro-
poniente, y dicha companya era del tercio de don Miguel
de Moneada y siempre sirvió en dicha companya, y en
todas las dichas jornadas hasta que reformaron dicha
companya...», y finalmente, la quince dice «...que en todo
el dicho tiempo de las dichas jornadas y alojamientos
siempre sirvió el dicho proponiente de soldado en la for-
ma sobredicha, y fué por tiempo de tres años y aún más
hasta que después se embarcó en las galeras de Espanya
en la galera del Sol en la escuadra de D. Alonso — ¿San-
cho?— de Leyva y vinieron en Espanya sirviendo de sol-
dado en dicha galera...» Sobre los cuales capítulos depuso
Melchior vaciero, vellutero vecino y morador de la ciudad de
Valencia diciendo con respecto a la primer pregunta que
era verdad y lo sabia porque este testigo assentó también por
soldado en esta ciudad de Valencia en la dicha companya de
Diego de Urbina, etc., afirmativamente contesta a todas
las demás preguntas diciendo que le consta todo por haber
estado presente. Otro testigo también vellutero y vecino
morador de Valencia, llamado Martin Cubells, dice que sí
a todas las preguntas por haber presenciado todos los he-
chos a que se refieren, ya que este testigo se assentó por soldado
en esta ciudad de Valencia en dicha companya del dicho capi-
tán diego durbina; el tercer testigo, como los otros, vecino
y morador de esta ciudad, Miguel Joan Guerola Calcetero,
al contestar la primera pregunta dice ser cierta porque este
testigo se assentó también por soldado en dicha companya del
dicho capitán diego durbina añadiendo la cual companya
SE HIZO EN esta CIUDAD DE Valencia; sigue Contestando
afirmativamente hasta la trece en que manifiesta que en
el fuerte de Tetuán se quedó y fué hecho esclavo.
Como es sabido y acabamos de ver, en el tercio de don
Miguel de Moneada figuraba la compañía de Diego de Ur-
bina, reclutada en esta ciudad, y, por lo tanto, compues-
ta de valencianos; y como quiera que los hermanos Cer-
vantes estaban afiliados a la misma, los camaradas que
tuvieron en todo momento, lo mismo en los ratos de
bienandanza por las ciudades y sus hosterías, que en los
incómodos del alojamiento en las galeras, como en los
tremendos de las batallas, especialmente en aquella de Le-
panto, de la que con orgullo se recordó toda su vida mos-
trando las cicatrices de las heridas recibidas en la más alta
ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes y esperan ver
los venideros, y muy fácilmente en el hospital de Mesina,
en donde el soldado de su compañía Juan Bautista Vila-
nova, herido, como dijimos, de una flecha, estando en la
proa de la «Marquesa», dice en la octava pregunta del re-
ferido informe, «que después del dicho vencimiento — el
de los turcos — la dicha armada de S. M. fué a la ciudad
de Mezina a donde fué curado el dicho proponente», y
piadosamente pensando es de creer que siendo éste y
Cervantes de la misma compañía o estuviesen juntos o se
buscasen para acompañarse durante la convalecencia.
Antes de pasar adelante, precisa hacer constar que el
Maestre de Campo D. Miguel de Moneada no era catalán,
como algunos han afirmado, sino valenciano, hijo del
señor de Villamarchante D. Guillen Ramón de Moneada y
de D.* Constanza Bou; casado aquél en segundas nupcias
con D.* Luisa Bou, tuvo una hija llamada D." Catalina,
2i
que casó con su primo D. Gastón de Moneada, Marqués
de Aitona.
En otro momento crítico de la vida de Cervantes,
lleva compañía de valencianos, pero la fatalidad, que en
toda aquélla le fué acompañando, le hizo más desgraciado
que a éstos. En el extremo decimoquinto de la repetida
información de Vilanova confirmado por los testigos
Vaciero y Cubells, dice «que después se embarcó en las
galeras de Espanya, en la galera del Sol, en la escuadra
de don Alonso de Leyva y vinieron a en Espanya sir-
viendo de soldado en dicha galera»; no cabe dudar que
la tal nave fué en la que se embarcaron en Ñapóles los
dos hermanos Cervantes con otros principales caballeros,
la que atacada por la escuadra de galeotas, mandada por
Amante Mamí, después de pelear bravamente fueron
hechos esclavos los principales pasajeros, salvándose sin
duda al llegar el socorro a la galera Sol los marineros y
soldados y entre ellos los indicados valencianos, que al
no dar esperanza de pingüe rescate, preocuparía menos
a los codiciosos piratas, y, por lo tanto, no serían trasla-
dados a las galeotas argelinas, que para mejor escapar de
los barcos españoles que llegaron en socorro, abandona-
rían a la mentada galera, y he ahí solucionada la debatida
cuestión de si había sido la Sol llevada a Argel, como
pretenden Navarrete y otros biógrafos de nuestro es-
critor, fundándose en la declaración de un cautivo lla-
mado Hernando de la Vega maestre daxa, o no como ase-
guran otros que dicen que arribó a España, como hemos
visto.
Llegamos al punto en que me siento verdaderamente
24
orgulloso de esta tierra, ya que en el largo cautiverio pa-
decido por el principe de nuestros ingenios, entre los
principales que le favorecieron, los más, con excepción
del Padre Fray Juan Gil, redentor, fueron valencianos, y
es que los hombres de aquí no sólo le adivinaban, sino
que, sin duda, fascinados por el genio emprendedor, por
sus planes atrevidos, por su corazón amante del prójimo,
completamente desprovisto de egoísmo, según demostró
repetidas veces y especialmente en la última intentona de
evasión, la que descubierta hizo imposible su realización,
a pesar de lo que el banquero valenciano Exarch quiso
redimirlo para evitarle tormentos y quizás la muerte, ne-
gándose Cervantes a partir solo y en aquel momento de
peligro, cuando él, abrogándose toda la responsabilidad
de la conspiración, llamémosla asi, salvarla a todos los
comprometidos, conducta que llega al grado de heroica y
que debió hacer que creciese la admiración y afecto que
los banqueros valencianos le profesaban, y no se diga
que mis entusiasmos por esta patria y por aquel que me-
recía llamarse su hijo, me hacen decir las palabras que
habéis oído, son los hechos los que las abonan, como
veremos después de hacer constar que de entre los que
perjudicaron a Cervantes y sus planes, de entre los rene-
gados que intervienen, de entre las personas repulsivas o
poco agradables, no hay ningún valenciano.
Desde luego, uno con los que debía tener trato sería
aquel que figuró en la compañía de Urbina, el valenciano
Martín Cubells, hecho esclavo, como él mismo dijo, en
el fuerte de Tetuán, su antiguo camarada, y por conducto
de éste con los demás valencianos que allí había, consta
25
de manera evidente, pues, en la información practicada
en la ciudad de Argel ante el Padre Gil y el escribano
Pedro de Ribera (que es muy posible fuese también va-
lenciano, ya que el apellido lo es) a petición de Miguel
de Cervantes, el dia 17 de octubre de 1580, ya rescatado,
en la pregunta V dice: «... dio orden como un hermano
que se llama Rodrigo de Cervantes, que deste Argel fué
rescatado en el mes de Agosto del mesmo año (1577) de
los mesmos dineros dichos del dicho Miguel de Cervan-
tes de su rescate, pusiese en orden y enviase de la playa
de Valencia y de Mallorca y de Ibiza una fragata armada
para llevar en España los dichos cristianos, y para mejor
efectuar esto se favoresció del favor de D. Antonio de
Toledo y de Francisco de Valencia (natural de Zamora),
Caballeros del Hábito de San Juan, que entonces estaban
en este Argel cautivos, los cuales les dieron cartas para los
visorreyes de Valencia y Mallorca y Ibiza, encargándoles
y suplicándoles favoreciesen el negocio», lo que confir-
man los varios testigos. Como ya dijimos anteriormente,
debió salir la tal galera de estas playas y no de otras, por
haber venido Rodrigo de Cervantes a Valencia y no a las
islas. En la trece, después de hablar del renegado Girón,
natural de Granada, dice: «... y para esto hizo con Onofre
de Exarque mercadei de Valencia, que entonces se hallaba
en este Argel, diese dineros, como dio más de mil e tres-
cientas doblas, para que se comprase una fragata armada...
lo cual ansi se hizo, y el dicho renegado compró la dicha
fragata de doce bancos y la puso a punto, gobernándose
en todo por el consejo y orden del dicho Miguel de Cer-
vantes»; también los testigos confirman este aserto, aña-
26
diendo algunos que eran de los que habían de escapar en
esta embarcación.
Otra persona con quien tenia gran amistad nuestro
escritor fué, según se ve en el documento que también
nos ocupa, el M. R. P. Fray George Oliver, comendador
de la Merced de la ciudad de Valencia, que corrió gran
peligro de ser apresado en una de las intentonas de fuga
antes relatadas.
Como cosa muy natural, mientras Cervantes hacia
titánicos esfuerzos para salir del cautiverio, su familia in-
tentaba todo lo posible para conseguir su rescate; pres-
cindiendo de muchos de los trabajos varios que hicieron,
a nosotros nos toca fijarnos en un documento publicado
por el presbítero Pérez Pastor (i), en el que Rodrigo de
Cervantes, su esposa D.^ Leonor de Cortinas y D.* Mag-
dalena Pimentel de Sotomayor, su hija, el día nueve de
junio de 1578 en Madrid, ante el Notario Francisco de
Yepes, se comprometieron a entregar a Hernando de To-
rres, mercader, vecino de la ciudad de Valencia, que se
había encargado de rescatar a Miguel de Cervantes, para
el dicho efecto, doscientos ducados mas los mil setenta y
siete reales que le habían entregado al mercedario padre
Jerónimo Villalobos, obligando sus personas y bienes, mue-
bles y raíces habidos y por haber para responder del pago de
todo lo demás que costare el rescate de dicho Miguel de Cer-
vantes. Algunos días después, el 25 de julio, el duque de
5esa daba una información (2) muy honrosa y favorable,
(i) Documentos Cervantinos, por D. Cristóbal Pérez Pastor, 1. 1, pág. 53.
(2) Vida de Miguel de Cervantes... por D. Martín Fernández de Na-
VARRETE. Madrid 1819, pág, 313.
27
a la par que justa, acerca de los servicios prestados por
aquél en el servicio del Rey, haciendo constar el simpá-
tico procer que hacía años que le conocía y le vio servir
en las jornadas de Levante además de la en que fué rota la
armada del turco en la cual, peleando como buen soldado,
perdió una mano; no fué vano el tal informe, pues al pie
se puso que 5. M. a suplicación de Doña Leonor de Cortinas,
y en consideración de lo en esta certificación contenido, hizo
merced de dar licencia para que del reino de Valencia se pu-
diesen llevar a Argel dos mil ducados de mercaderías no pro-
hibidas. Documentos existentes en el Archivo de Siman-
cas y publicados en la Revista de Archivos del año 1883,
a los que siguen tres reales cédulas dirigidas por el Rey
al Duque de Nájera, Virrey y Capitán General de Valen-
cia, de las que, en la i.^ de 6 de diciembre del año 1578
se le decía: «que por ese reino pueda sacar y llevar a
Argel, hasta ocho mil ducados de mercaderías lícitas y no
de las vedadas y prohibidas», añadiendo y «mandamos
que a la persona o personas que tuviesen poder de la di-
cha D.* Leonor de Cortina den licencia...» pero se exigía
el que diese «seguridad que con el valor de dichas mer-
caderías rescatara al dicho su hijo y os le presentara
dentro de seis meses después que partiere del puerto»
mandando, finalmente, que tuviese valor la concesión
por espacio de ocho meses. En 5 de marzo del siguiente
año se dirigía el Rey otra vez al duque de Nájera y le
decía, que por ser viuda y pobre D.* Leonor de Cortinas,
no tenía quien la fiase en la ciudad de Valencia para res-
ponder del despacho de las mercancías, por lo que pedia
se le diese la licencia con sólo la seguridad que personal-
28
mente daría ante un Alcalde de la Corte. En la tercera
real cédula se da prórroga por seis meses para realizar el
negocio de las mercaderías, ya que estaba para expirar el
plazo concedido en los anteriores documentos, la firmó
el Rey en el Escorial a 19 de agosto del año 1579.
Uno de los días más felices que Cervantes debió tener
en su azarosa vida, y uno de los que los amantes de las
letras castellanas debieran señalar con piedra blanca, fué
el 19 de septiembre de 1580, en el que aquél vio rotas
las cadenas de la esclavitud, gracias a los quinientos du-
cados de oro que por su rescate dio el redentonsta Padre
Fray Juan Gil, cuando aquél estaba ya embarcado en las
galeras de Hazan para emprender la derrota de Constanti-
nopla, en donde ya era más difícil el obtener la libertad.
No consta documentalmente el día que embarcó Cer-
vantes, pero se puede afirmar que vino a Valencia en la
expedición del 24 de octubre del indicado año 80, en la
que se sabe embarcaron seis redentos que debieron ser de
los once que se rescataron desde el 8 de agosto hasta el
indicado día 24, y de ellos, uno nuestro escritor, ya que
los que declararon en el expediente por éste instado, su ca-
marada D. Domingo de Benavides, dice entre otras cosas,
que «... comen de presente juntos, y están en un apo-
sento... y esperaban ocasión de volver juntos a España»; y en
otra información posterior dijo Francisco Aguilar que de
Argel a Valencia vino con Cervantes, a más en otra infor-
mación, la del cautiverio de nuestro escritor, pedida por
su padre Rodrigo de Cervantes en Madrid en uno de di-
ciembre del repetido año, de entre los testigos uno dice
que vinieron juntos en una nave cuando se rescataron hasta la
29
ciudad de Valencia donde al presente está el dicho Miguel de
Cervantes^ y otros dos declaran que le habían visto libre en
Valencia hacia mes y medio poco más o menos; no debió
permanecer muchos días del mes de diciembre en esta
ciudad, puesto que el día i8 insta en Madrid una informa-
ción de su cautiverio, y al siguiente presta declaración en
la de Rodrigo de Chabes, su camarada en el cautiverio
durante tres años y compañero en el viaje de regreso a la
patria, y con el que haría la solemne entrada y procesión,
escapulario de nuestra señora de la Merced al cuello, se-
gún costumbre, por la calle del Mar y Campaneros a la
Seo, donde oían misa y sermón. No se extrañe lo que aca-
bamos de decir de que llevarían los hábitos de la orden
de la Merced los redentos, a pesar de haber sido redimi-
dos por los padres trinitarios, pues según varios privile-
gios y un convenio habido entre las dos órdenes redento-
ristas en la corona de Aragón y reino de Valencia, sólo
los padres Mercedarios podían hacer procesiones públicas de
redención de cautivos cristianos.
En la corta temporada que en esta ciudad estuvo Cer-
vantes, algunos días más del mes, se debió dedicar pri-
meramente a liquidar o poner en orden las cuentas con
los mercaderes de esta plaza, que debían ser a los que se-
gún en una de las informaciones se dice, les estaba de-
biendo más de mil reales por habérselos prestado para
comer y vestir durante su cautiverio, y muy probable a la
cesión del privilegio para sacar mercaderías de esta plaza,
de que antes nos hemos ocupado, y que la apócrifa viuda
Doña Leonor de Cortinas no había podido hacer efectivo,
cosa al parecer difícil, pues en 25 de agosto de 1582 to-
30
davía otorga poderes al mercader valenciano Juan Fortu-
nyo, que tenía tratos en Argel, para que negociase dicho
privilegio en forma y cantidad que le plugiese, lo que re-
sultó infructuoso, habiendo necesidad de que en 14 de
diciembre de 1584 el portugués Francisco Laguiar, en
nombre de la madre de Cervantes, previa licencia para ello,
embarcase en la nave «Santa María y Sent Nicolau» mer-
caderías por valor de dos mil ciento treinta y cinco reales
de Valencia, según documento custodiado en el Archivo
General del Reino, donde están enumeradas aquéllas. Al
llevar a cabo las operaciones indicadas y también a no du-
dar por cartas de recomendación que de los valencianos
residentes en la ciudad africana traería especialmente del
banquero Exarch, grangearía muy buenos amigos, que sin
duda conservó, como nos demuestra el apoderado que
años después tuvo en esta ciudad, un caballero llamado
Melchor Valenciano de Mendiolaza, del que nada ahora
decimos por no creerlo oportuno, y ser, además, motivo
de un trabajo especial; estas amistades, y de seguro las
aficiones literarias le llevarían a la librería de Timoneda,
quien sin duda impresionó con su aspecto venerable al
que podemos llamar mozo, pues no tenía Cervantes a la
sazón más de 3 1 años, y le hace exclamar más tarde por
boca de un personaje de una comedia, Timoneda, que en
vejez ^l tiempo ven^e, equivocándose en ello, pues no era
tan viejo como dichas palabras demuestran; en aquel es-
tablecimiento entablaría relaciones con la mayoría de los
literatos de esta tierra, a los que siempre que nombra es
para prodigarles alabanzas; en todo momento en que en
sus obras habla de escritores, a los de la ciudad del Turia
31
encomia de modo especial, como veremos al transcribir
las referencias puestas en las distintas obras del inmortal
manco.
Corresponde ahora el que examinemos la relación de
Valencia y los valencianos con la labor literaria de nuestro
Principe de los ingenios: el primer libro que éste impri-
mió y por ende el primer compuesto fué la Galaica (i),
novela pastoril, manera tan en boga a la sazón, como aho-
ra olvidada; en ella intercala Cervantes, a imitación del
Canto de Turia, puesto por Gil Polo en su Diana Enamo-
rada, el Canto de Caliope (2), en el que entre otros poetas
dedica alabanzas a algunos valencianos, de los que dice
muchas lindezas, no desdeñándose en hacer constar la
imitación que hemos señalado. Dice asi:
«Turia, tú que otra vez con voz sonora
Cantaste de tus hijos la excelencia.
Si gustas de escuchar la mía aora
(Formada, no en enbidia o competencia)
Oyrás cuanto tu fama se mejora
Con los que yo diré, cuya presencia,
Valor, virtud, ingenio, te enriquecen,
Y sobre el Indo, o Gange te engrandecen.
O, tú, Don luán Coloma, en cuyo seno
Tanta gracia del cielo se ha encerrado,
Que a la enbidia pusiste en duro freno,
Y en la fama mil lenguas has criado.
Conque del gentil Tajo al fértil Reno,
Tu nombre y tu valor va leuantado.
(i) Se publicó en Alcalá de Henares el año 1585 por Juan Gracián, a costa
de Blas de Robles, mercader de libros.
(2) La Calatea, dividida en seis libros, compuesta por Miguel de Cervantes.
París, MDCXI. pág. 424, Bib. del autor.
32
Tú Conde de Elda, en todo tan dichoso,
Hazes el Turia más qu'el Pó famoso.
Aquel en cuyo pecho abunda y Ilueue
Siempre vna fuente, que es por él diuina,
Y a quien el coro de sus lumbres mueue
(Como a señor) con gran razón se inclina.
A quien único nombre se le deue
De las Etiope hasta h gente Austrina,
Don Luys Garcerán es sin segundo
Maestre de Montesa, y bien del mundo.
Meresce bien en este insigne valle.
Lugar ilustre, assiento conoscido.
Aquél a quien la fama quiere dalle
El nombre que su ingenio ha merescido.
Tenga cuydado el cielo de loalle,
Pues es del cielo su valor crescido,
El cielo alabe lo que yo no puedo
Del sabio Don Alonso Rebolledo.
Al?as, Doctor Falcón, tan alto el buelo,
Que al Águila crudal atrás te dexas,
Pues te remontas por tu ingenio al cielo,
Y deste valle mísero te alexas.
Por esto temo, y con razón recelo,
Que, aunque te alabe, formarás mil quexas
De mi, porque en tu loor, noche y día.
No se ocupa la voz y lengua mia.
Si tuviera, cual tiene la fortuna.
La dulce poesía, varía rueda
Ligera y más mouible que la luna
Que ni estuuo, ni está, ni estará queda.
En ella, sin hazer mudanza alguna.
Pusiera sólo a Micer Artieda
Y el más alto lugar siempre ocupara
Por sciencias, por ingenio, y virtud rara.
Todas cuantas más alabanzas
33
Diste a raros ingenios, o Gil Polo,
Tú las mereces sólo, y las alcanzas,
Tú las alcanzas y mereces fólo,
Ten ciertas y seguras esperanzas.
Que en este ualle vn nueuo Mauseolo
Te harán estos pastores, do guardadas
Tus cenizas serán, y celebradas.
Cristóual de Virues, pues se adelanta
Tu sciencia y valor tan a tus años,
Tú mesmo aquel ingenio y virtud canta.
Conque huyes del mundo los engaños.
Tierra, dichosa, y bien nascida planta,
Yo haré que en propios reinos y en estraños
El fruto de tu ingenio leuantado
Se conozca, se admire y sea estimado.
Son tan conocidos los escritores mencionados, que
creemos inútil el decir nada sobre ellos y sus obras, mas,
cuando un nuestro amigo meritisimo escritor valenciano,
el sin par investigador Marti Grajales, tan ventajosamente
conocido por los amantes de estos estudios, tiene hechas
las biografías de todos, las que no ha mucho, merecieron
el galardón del premio en público concurso, al que pue-
den acudir todos los escritores que manejan la lengua cas-
tellana o de Cervantes, aunque sean de allende los mares;
pero no podemos pasar en silencio, queremos hacer hin-
capié en el primero que se nombra, en D. Juan Coloma,
Conde de Elda, para decir que este caballero y notable es-
critor, fué nieto de su homónimo el Aragonés Juan Colo-
ma, Secretario del Rey Católico, uno de los que, como en
otra ocasión dejamos probado, más influyó para que los
Reyes accediesen a las pretensiones de Colón de buscar
34
nuevo camino a las Indias, y que fué encargado para re-
dactar las bases del convenio entre los Soberanos y el des-
pués Almirante del mar Océano.
Cronológicamente nos corresponde abrir el jD. Quijote,
y en el capitulo tercero de la primera parte (i) nos vemos
a D. Quijote de rodillas ante el socarrón del ventero, el que
para hacerle levantar del suelo accede a la pretensión de
armarle caballero, «y por tener que reyr aquella noche
determinó de seguirle el humor; y assi le dixo, que andana
muy acertado en lo que deseaua, y pedia, y que tal prosu-
puesto era propio, y natural de los caualleros tan princi-
pales como el parecía, y como su gallarda presencia mos-
traua; y que el ansi mesmo en los años de su mocedad,
se auía dado a aquel honroso exercicio, andando por di-
versas partes del mundo, buscando sus auenturas sin que
huuiesse dexado los percheles de Málaga, islas de Riaran,
compás de Sevilla, azogue] o de Segovia, la olivera de Va-
lencia, rondilla de Granada, playa de San Lúcar, potro de
Córdoua, y las ventillas de Toledo, y otras diuersas par-
tes, donde hauía exercitado la ligereza de sus pies, sutileza
de sus manos, haciendo muchos tuertos, requestando mu-
chas biudas, deshaciendo algunas doncellas, y engañando
algunos pupilos....» Pasando adelante en el capítulo sexto,
nos encontraremos con el donoso escrutinio de la famosa
librería del hidalgo manchego, que el discreto licenciado
Pero Pérez y Maese Nicolás el Barbero llevaron a cabo en
la estancia en donde el ingenioso hidalgo se había pasado
las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio le-
(i) Pedro Patricio Mey, Valencia i6oj. Pág. 20. Bibl. del autor.
35
yendo aquellos excomulgados libros, según expresión del ama,
la que tal venganza iba a tomar de ellos sin perdonar
ninguno de los que allí habla, que eran más de cien cuerpos
de libros grandes y muy bien encuadernados, y otros pequeños,
los que, después de examinados por el Cura, pasaban al
brazo seglar del ama y de éste por la ventana iban vo-
lando a esperar pacientemente el fuego que los habla de
consumir. Cansados de leer títulos ordenó el licenciado
por Sigüenza fuesen todos los grandes al patio, el ama,
«Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del
Barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que
decía: Historia deljamoso cauallero Tirante el Blanco. Válame
Dios, dixo el Cura dando una gran boz, que aquí este
Tirante el Blanco. Dádmele a ca compadre, que hago cuen-
ta que he hallado en él vn tesoro de contento y vna mina
de passatiempos. Aquí está D. Qjuirieleysón de Montal-
uan, valeroso cauallero y su hermano Tomás de Mon-
taluan y el cauallero Fonseca con la batalla que el valiente
Detriante hizo con el Alano, y las agudezas de la doncella,
Placer de mi uida, con los amores, y embustes de la biuda
Reposada, y la Señora Emperatriz enamorada de Hipólito
su escudero. Digo os verdad, señor compadre, que por su
estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los
caualleros, y duermen y mueren en sus camas y hacen
testamento antes de su rnuerte, con otras cosas de que
todos los demás libros de este género carecen». De ningún
otro libro de caballería hace Cervantes, por boca del Cura,
tantos elogios como de este escrito por los caballeros va-
lencianos Mossen Joanot Mantorell y Mossen Marti Joan de
Galba, a los que indulta de la pena de ser achicharrados.
36
No menor elogio representa lo que ocurre al escrutar los
libros pequeños en donde se lee: «Este que se sigue, dixo
el Barbero, es la Diana llamada segunda, del Salmantino,
y este otro que tiene el mesmo nombre, cuyo autor es
Gil Polo. Pues la del Salmantino, respondió el Cura acom-
pañe, y acreciente el número de los condenados al corral:
y la de Gil Polo se guarde, como si fuera del mismo
Apolo»: Hacia el final del donoso escrutinio dice el Bar-
bero: «aquí vienen tres todos juntos: la Araucana de don
Alonso de Ercilla, la Austriada de D. Juan Rufo, Jurado
de Cordoua, y el Monserrate de Cristóual de Virues, Poeta
valenciano. Todos estos tres libros, dixo el Cura, son los
mejores que en verso heroyco, en lengua Castellana están
escritos, y pueden competir con los más famosos de Ita-
lia: guárdense como las más ricas prendas de Poesía que
tiene España». En fin, de los pocos libros que escapan
de las manos del ama y por ende de ser abrasados tres son
de autores valencianos, no cabe mayor ni más autorizada
alabanza.
Pasando adelante en la lectura del Don Quijote nos
tropezamos con la novelita, mgerida en el incomparable
libro, la Vida del cautivo, de la que Cervantes se valió
para relatar varios hechos históricos por él bien sabidos,
como que algunos los vivió, y en la que, indudablemente,
quiso colocar algunos datos biográficos suyos, e hizo men-
ción de sujetos que le debían ser muy conocidos y algu-
nos tal vez sus amigos, cuenta el compañero de la bella
Zorayda que después de guardarse los mil ducados
de los tres mil que recibió a cuenta de su herencia,
y dada por el padre la bendición, tomó el viaje de Ali-
57
cante (^i) y dice, a donde tuve nueiias que auía tina ñaue Gi-
nouesa que cargan a allí lana para Génoua. Este hará veynte
y dos años que salí de casa de mi padre... Embarqueme en Ali-
cante, llegué con próspero viaje a Génoua... y después de re-
latar su cautiverio en la batalla naval de Lepanto donde
quedó el orgullo y soberbia Otomana quebrantada y los tra-
bajos que pasaba en el banco de la galera del Uchali, Rey
de Argel, se ocupa de la pérdida, para España, de Túnez,
y entre otros detalles, dice: Rindióse a partido un pequeño
fuerte o torre, que estaña en mitad del estaño, a cargo de D. Juan
Zanoguera, cauallero valenciano y famoso soldado.
Y tal debía ser nuestro compatriota desde el momento
que D. Juan de Austria en el año anterior a esta pérdida,
o sea, en el de 1573 antes del 24 de octubre, día en que
partió de aquella plaza africana, le nombró Gobernador
de la susodicha fortaleza; indudablemente, el caballero va-
lenciano y famoso soldado debió ser compañero de pena-
lidades en el cautiverio de nuestro Cervantes.
El ya sabido impresor, Juan de la Cuesta, el año trece
de la diez y siete centuria imprimió Las Novelas Exem-
PLARES de Cervantes, y éste en la titulada Las Dos Don-
cellas, cuenta que al aportar a Barcelona las protagonistas
acompañadas del hermano de una de ellas (2) «en lle-
gando a la marina vieron muchas espadas fuera de las
vainas, y mucha gente acuchillándose sin piedad alguna...
Era infinita la gente que de la ciudad acudía, y mucha la
(i) El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, etc. Valencia, Pedro
Patricio Mey. 1605, págs. 565 y siguientes. Bib. del autor.
(2) Novelas Exemplares de Miguel de Cervantes Saavedra, Milán MDCXV,
pág. 561, Bib. del autor.
38
que de las galeras se desembarcaua, puesto que el que las
traía a cargo que era un cauallero valenciano, llamado
D. Pedro de Vique, desde la popa de la galera capitana
amenazaba a los que se hauian embarcado en los esqui-
fes para ir a socorrer a los suyos; mas, viendo que no
aprovechauan sus voces ni sus amenazas, hizo volver las
proas de las galeras a la ciudad, y disparar una pieza sin
bala, señal de que si no se apartasen, otra no iría sin ella».
De entre los de la armada, el que más se distinguía era
Marco Antonio, el objeto de las ansias de las dos donce-
llas que allá acudieron a defenderle, pero fué herido éste
en la retirada, de un tiro de piedra y embarcado en la ga-
lera con el acompañamiento de Leocadia. Teodosia y su
hermano D. Rafael, ruegan al caballero barcelonés, su
huésped, saque al descalaberado mancebo de la embarca-
ción para curarle en tierra. «Esso haré yo de buena gana,
dijo el caballero, y sé que me la hará el general, que es
principal caballero y pariente mío», cosa que asi sucedió.
En el año 1614 publicó Cervantes su libro Viaje del
Parnaso, del que no quiero relatar la trama o en qué con-
siste, pues casi todos lo conoceréis, pero si transcribiré
lo que a nuestros compatriotas se refiere (i):
«En esto sesga la Galera, vase
rompiendo el mar con tanta ligereza,
que el viento aun no consiente que la pase.
Y en esto descubrióse la grandeza
de la escombrada playa de Valencia
por arte hermosa, y por naturaleza.
(i) Viaje del Parnaso. Madrid 1772, en la Oficina de la viuda de Manuel
Fernández, pág. 578. Bibl. del autor.
39
Hizo luego de sí grata presencia
el gran Don Luis Ferrer, marcado el pecho
de honor, y el alma de Divina Ciencia.
Desembarcóse el Dios y fué derecho
a darle quatro mil y más abrazos,
de su vista y su ayuda satisfecho.
Volvió la vista, y reiteró los lazos
en Don Guillem de Castro, que venía
deseoso de verse en tales brazos.
Cristóval de Virues se le seguía,
con Pedro (i) de Aguilar, junta famosa
de las que Turia en sus riberas cría.
No le pudo llegar más valerosa
escuadra al gran Mercurio, ni él pudiera
desearla mejor, ni más honrosa.
Luego se descubrió por la ribera
un tropel de gallardos valencianos
que a ver venían la sin par galera.
Todos con instrumentos en las manos,
de estilos y librillos de memoria,
por bizarría, y por ingenio ufanos.
Codiciosos de hallarse en la victoria,
que ya tenían por segura y cierta
de las heces del mundo, y de la escoria.
Pero Mercurio les cerró la puerta,
digo, no consintió que se embarcasen,
y el por qué, no lo dixo, aunque se acierta.
Y fué, porque temió que no se alzasen,
siendo tantos, y tales con Parnaso,
y nuevo imperio, y mando en él fundasen.
En esto vióse con brioso paso
(i) Indudablemente escribió Cervantes de memoria y equivocó el nombre
del poeta Aguilar que se llamaba Gaspar y que con toda certeza se pued e decir
que era a quien aludía.
venir al magno Andrés rey de Artieda,
no por la edad descaecido, o laso.
Hicieron todos espaciosa rueda,
y cogiéndole en medio, le embarcaron,
más rico de valor que de moneda.
Al momento las áncoras alzaron
y las velas ligadas a la entena,
los grumetes aprisa desataron.»
Cerca del fin del capitulo V, después de amansada la
tormenta que puso en gran peligro la galera del Parnaso,
llega entre otros escritores.
«Pedro Juan de Rejaule le seguía
en otro coche insigne valenciano,
y grande defensor de la poesía.»
De este poeta dramático debemos hacer constar que
se firmaba Ricardo de Turia, por cuyo seudónimo es más
conocido que por el nombre propio.
En la gran batalla que los poetas malos con intención
de apoderarse del Parnaso dan a los buenos, entre aqué-
llos, no figura ningún valenciano, y se dice:
«Tan mezclados están que no hay quien pueda
discernir cuál es malo, o cuál es bueno,
cuál es Garcilacista o Timoneda.»
Al principio del capitulo octavo, un poeta mancebo
del escuadrón vencido, entre otras razones dice:
«Fué desto exemplo Juan de Timoneda
que con sólo imprimir, se hizo eterno,
las comedias del Gran Lope de Rueda.»
alguno de cuyos ejemplares debió ver Cervantes en la
librería del editor y no impresor, como algunos han dicho,
tomando al pie de la letra lo escrito en el terceto.
41
Como tan sabido es, publicó nuestro principe de los
escritores, el año léi 5, un libro con ocho comedias y ocho
entremeses nuevos y no representados hasta la fecha de la
publicación, y en su prólogo hace una suscinta relación
del desarrollo del teatro desde los tiempos en que repre-
sentaba el que apellida «el Gran Lope de Rueda, barón
insigne en la representación y en el entendimiento» has-
ta que «entró luego el monstruo de naturaleza, el gran
Lope de Vega y aleóse con la Monarquía cómica, avasalló
y puso debaxo su jurisdicción a todos los farsantes, llenó
el mundo de Comedias propias, felices y bien razonadas»,
añadiendo después de prodigarle otros encomios, que
a pesar de esto hay que admirar en otros escritores tam-
bién de comedias otras circunstancias, entre los que dice
de los valencianos, «la discreción, e innumerables con-
ceptos del Canónigo Tárrega: la suavidad y dulcura de
don Guillen de Castro, la agudeza de Aguilar...» Entran-
do por las hojas adelante del libro tropezamos con la co-
media, Los 'Baños de Argel, en la que en su jornada terce-
ra (i) dice Ossorio:
«Antes que más gente acuda,
El coloquio se comienze,
que es del Cran Lope de Rueda
impreso por Timoneda,
que en vejez al tiempo vence».
En la misma jornada, algo después, presenta al rey de
Argel un Cristiano del que dicen, que con aquella son
(i) Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados. Año
1615 en Madrid. A costa de Juan de Villarroel, foja 76 vuelta y 80 vuelta.
Bib, del autor.
veinte las veces que ha huido, preguntándole aquél: ¿y tú
eres español? contestándole y de Valencia.
Llegó por fin el momento de que apareciese la segun-
da parte del ingenioso Hidalgo, y hacia fines del año i6i 5
salió de las prensas de Juan de la Cuesta el verdadero
Don Quixote, el aseado y sublime loco seguido del dis-
creto Sancho; no les acompañaremos en todas sus andan-
zas, pero si nos fijaremos en los Duques (i) que hospe-
daron y agasajaron a vueltas de muchas burlas al andan-
te caballero, pero sin que jamás faltase el respeto y esme-
rado trato que el sublime loco por sus altas caballerías
creía merecer. Está fuera de duda que Cervantes aludió
en estos proceres a los Duques de Villahermosa, título
que es valenciano por radicar los estados en este antiguo
Reino, llevando además anejos los de las Baronías de
Árenos y Artana, la joven Duquesa D/ María de Aragón
y Pernestán, hija del difunto y desgraciado Duque don
Fernando de Gurrea y de Aragón y de D.* Juana de Per-
nestán y casada con un miembro de la casa Ducal de Gan-
día. Somos de opinión que estos magnates le eran muy
conocidos a Cervantes y nos apoyamos para afirmarlo en
el hecho de que Melchor Valenciano de Mendiolaza, pro-
curador general de la Duquesa viuda, fué el que pidió en
Valencia, como antes vimos, en nombre de Cervantes,
autorización para imprimir el Don Quixote.
Pasando adelante en la portentosa historia y dejando
atrás muchas aventuras, hemos de hacer hincapié en un
(i) Segunda parte del Ingenioso Caballero Don Q.uixote de la Mancha.
Bruselas i6i6, pág. 277. Bibl. del autor.
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acontecimiento de los ocurridos durante la estancia del
caballero en Barcelona, dejaremos que hable el autor, ya
que tan maravillosamente lo hace, dice: (i) «En resolu-
ción aquella tarde Don Antonio Moreno su huésped, y
sus dos amigos con Don Quijote y Sancho, fueron a las
galeras, el Quatraluo que estaua auisado de su buena ve-
nida por ver a los dos tan famosos Quixote y Sancho,
apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras aba-
tieron tienda, y sonaron las chirimías, arrojaron luego el
esquife al agua cubierto de ricos tapetes, y de almohadas
de terciopelo carmesí, y en poniendo que puso los pies
en el Don Quixote, disparo la capitana el cañón de cru-
xia, y las otras galeras hizieron lo mesmo, y al subir
Don Quixote por la escalera derecha, toda la chusma
le saludó como es vsan^a, quando una persona princi-
pal entra en la galera, diciendo: Hu, hu, hu, tres ve-
zes, diole la mano el General que con este nombre
le llamaremos, que era un principal Cauallero Valen-
ciano, abraco a Don Quixote, diciendole: este día se-
ñalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejo-
res que pienso lleuar en mi vida, auiendo visto al señor
Don Quixote de la Mancha, tiempo y señal que nos mues-
tra que en él se encierra, y cifra todo el valor del An-
dante Cauallería. Con otras no menos corteses razones le
respondió Don Quixote alegre sobre manera de verse tra-
tar tan a lo señor...» por causa de la brevedad hacemos
gracia al lector de los sucesos que se desarrollan en la
(i) Segda. Part. del Icge. Cavall. Don Quixote. Bruxelas. 1616 pág. 599.
Bib. del Autor.
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nave capitana, que la tienen extremada por los sudores
de Sancho y el pánico de éste y su amo en alguna de las
maniobras hechas de intento para obtener aquel resul-
tado, pero sin que ni por un momento ni por un descuido
se falte al respeto al caballero, ni pudiese el de la Mancha
sospechar siquiera del jefe de los bájales, que en este epi-
sodio no nombra Cervantes, pero que, indudablemente,
seria el mismo que aparece en Las dos doncellas, el pro-
cer valenciano Don Pedro de Vich, a no ser que ahora
recordase, cosa que dudamos, al también valenciano Don
Francisco Coloma, General de la flota de Portugal y des-
pués de las Indias.
No abandonaremos el Don Quixote sin acotar que
cuando ya vencido, desarmado y triste llevaba el camino
de su aldea con el propósito de allí ensayar la vida pas-
toril, en la que entretenidos él y Sancho pasarían el año
forzoso en el que debía dejar holgar las armas, ocupán-
dose de los nombres que a los nuevos pastores adjudica-
rían, dice el caballero (i) el Barbero Nicolás se podrá llamar
Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso. Aun-
que el famoso poeta Juan Boscán es justa gloria catalana,
aquí le nombramos porque algo nos toca a nosotros ya
que buscó en este país esposa, casando con la señora va-
lenciana Doña Ana Girón de Rebolledo, de la familia de
los Barones de Andilla.
Mas en donde Cervantes prodiga mayores elogios a
"esta ciudad, por unos llamada la Atenas del Mediterrá-
neo, por otros la Perla del Turia. es en su última produc-
(i) Segda. Parte del Ing. Cav. Don Quixote. Bruselas 1616, pág. 634.
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ción, que a no dudar por esta circunstancia era a la que
más cariño demostró, siendo así que la novela septentrio-
nal, como titula a Pérsiles y Segismunda, fué muy inferior
no ya al incomparable Don Quijote, si que a las Novelas
Ejemplares; pero esto no hace al caso en estos momentos
en que sólo tenemos que acotar las referencias a esta tierra,
sus cosas y sus gentes: en el capitulo II, libro tercero, (i)
relata como llegados los peregrinos al atardecer de una
jornada «a un lugar de moriscos, que estaba puesto como
una legua de la marina, en el Reino de Valencia», después
de pasar una noche de trabajos y más medrosa en la torre
de la Iglesia, defendiéndose de turcos y moriscos y pre-
senciando la quema y devastación del pueblo, se queda-
ron dos días, transcurridos los cuales continuaron su ca-
mino y «cerca de Valencia llegaron en la cual no quisieron
entrar por excusar las ocasiones del detenerse; pero no
faltó quien les dixo la grandeza de su sitio, la excelencia
de sus moradores, la amenidad de sus contornos, y final-
mente todo aquello que la hace hermosa, y rica sobre to-
das las ciudades, no sólo de España, sino de toda Europa:
y principalmente les alabaron la hermosura de las muje-
res, y su extremada limpieza, y graciosa lengua, con que
sólo la Portuguesa puede competir en ser dulce, y agrada-
ble». Un hijo de esta tierra no prodigaría mayores alaban-
zas, ellas demuestran el entusiasmo que el genio incom-
parable sentía por esta región, al entonces aun autónoma,
y por lo mismo grande en tal modo que su capital era la
(i) Los trabajos de Pérsiles y Segismuadi. París. A costa de Es tevan Richer.
Año 1617, pág. 390. Bib, del autor.
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primera de las ciudades, grandeza que no hay que dudar
se debia a sus democráticas leyes y sabias instituciones,
que sus Reyes supieron darle y sus caballeros y ciudada-
nos guardaron hasta, que un déspota extranjero, favore-
cido de la victoria, para nuestra desgracia, las sustituyó
por otras exóticas y más opresoras por honorables que
fuesen, según el infame decreto.
Finalmente camino de Barcelona Periandroy su acom-
pañami ento «al salir de Villa Real, hermosa y amenísima
Villa, de través de entre una espesura de árboles les salió
al encuentro una Zagala o Pastora Valenciana, vestida a
lo del campo, limpia como el Sol, y hermosa como él y
como la Luna: la qual en su graciosa lengua, sin hablarles
alguna palabra primero, y sin hacerles ceremonia de co-
medimiento alguno, dixo: Señores, pediros he, o da-
ros he?»
Los párrafos transcritos demuestran tal entusiasmo
por quien los escribió, y son de tal fuerza laudatoria, que
debían estar esculpidos con letras de oro y sitio bien vi-
sible de esta ciudad, para que al leerlos, los valencianos
amasen la memoria de su autor, y los extraños admira-
ran a Valencia, y especialmente unos y otros de la len-
gua no hiciesen menosprecio.
Difícilmente se podrá presentar otro ramillete de flo-
res más numerosas y más bellas en favor de una región,
que el que acabamos de ofrecer a este distinguido con-
curso congregado para rendir un merecido homenaje de
recuerdo y admiración al que, nacido en Alcalá y muer-
to en Madrid, peregrinó casi por toda la Iberia, amén de
Italia y Norte de África y por ende conoció distintos pue-
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blos y diferentes idiomas, como trató a multitud de gen-
tes, observó infinidad de costumbres, y estudió no sólo
cuantos libros llegaron a sus manos, si que se entretuvo
en leer todo papel escrito que se tropezó, como nos lo
dice en su admirable T)on Quijote; por ello, unido todo
esto al privilegiado talento con que Dios le habla dotado,
llegó a ser el genio que todo el mundo admira (y que
seria el orgullo de la Venerable Orden Tercera si ésta en
su modestia pudiese sentir tal afecto); por ello las alaban-
zas tributadas a esta tierra, a sus cosas y sus escritores,
son de tantos quilates, en particular el elogio a la lengua,
volvemos a decir, la que conocerla muy bien por haber
sido valencianos sus camaradas en el ejército durante va-
rios años, como vimos al principio, y haber tenido en el
cautiverio grande e íntimo trato con gentes de esta tierra,
en la que no nació y apenas vivió pero que le era tan fa-
miliar, tanto admiraba, y en donde tan estimado era, que
merecía el haber sido su patria.
Terciarios Franciscanos de Valencia, bien merecéis de
ésta, pues abandonando vuestro modesto retiro habéis
festejado al pobre hermano Miguel de Cervantes Saavedra,
que, como hemos visto, cantó sus excelencias, y que ha
tres siglos, vestido el pobre sayal del Patriarca de Asís,
fué sepultado en mísero cementerio olvidado casi de to-
dos, por los hermanos de la Venerable Orden Tercera de
Madrid, pero que el tiempo justiciero, a pesar de que las
cenizas del grande escritor mezcladas entre el polvo del
Cementerio de las Trinitarias desaparecieron, agranda
cada día el monumento que él mismo con su pluma se
supo levantar y que no perecerá, al revés de los mauso-
48
leos de mármoles y jaspes en donde tal vez al propio
tiempo serian sepultados magníficos proceres nacidos en
rica cámara y mecidos en dorada cuna, cuyo nombre ya
nadie recuerda, perdido en la nada tan pronto los ecos
del boato de su vida y del espléndido cortejo fúnebre se
extinguieron en el espacio.
He dicho.
Reimprimióse el discurso San Francisco, Cervantes
Valencia, en el establecimiento tipográfico de
LOS Sres. Hijos de F. Vives Mora, calle de
Hernán Cortés, núm. 8 y se terminó el
SÁBADO DÍA 28 de JüNIO, VÍSPERA DEL
doscientos once ANIVERSARIO DE
LA ABOLICIÓN DE LOS FüEROS
DEL Reino de Valencia
POR Felipe el In-
cendiario .
L. ^ D.
OBRAS DEL AUTOR
Homenage al Compte de Lumiares. Obra de térra saguntina
(barro saguntino). Agotada.
Coses de la meua térra (La Marina). Primera tanda.
Discurs en Tacte lliterari-musical celebrat el día XIX de
Febrer del any MCMXIV en la Academia Valencianista.
El descubrimiento de América y las joyas de la Reina
doña Isabel.
Martín Juan de Galba; coautor de Tirant lo Blanch.
Melchor Valenciano de Mendiolaza, jurado de Valencia,
procurador de Miguel de Cervantes Saavedra, Barto-
lomé y Lupercio Leonardo de Argensola, y general de
la Duquesa de Villa-Hermosa. Notas biográficas.
EN CURSO DE IMPRESIÓN
Algo de bibliografía valenciano-vicentista.
Obra de tierra barnizada de Manises. Su origen e historia
hasta nuestros días.
EN PREPARACIÓN
Coses de la meua térra (La Marina). Segona tanda.
Bibliografía de libros de caballerías de autores valen-
cianos e impresos en Valencia.
El Caballero valenciano Luis Santangel, Escribano de
Ración del Rey Católico.
Grabadores valencianos que han ilustrado las obras de
Cervantes.
BIBLIOTECA CERVANTINA DE AUTORES
VALENCIANOS
El Curioso impertinente. Comedia en tres jornadas y en verso
de D. Guillen de Castro.
Falla del Tros- Alt: Don Quijote y Sancho Panza.
La última aventura de Don Quijote. Falla de la calle de
Ruzafa.
Juan Antonio Mayans y Sisear y Juan Antonio Pellicer
y Saforcada; Cartas Cervantinas.
EN PREPARACIÓN
La Fuerza déla sangre. Comedia de D. Guillen de Castro.
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CD:
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